Por circunstancias de la vida pasé por Acapulco a las 4 de mañana. No había ningún policía ni patrulla rondando. Negocios cerrados y una caravana de camionetas de lujo corriendo a toda velocidad. Lo único que había era miedo, el mío por supuesto, y repetía una sola y trillada frase “El que nada debe, nada teme, que el nada debe, nada teme.”
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