*Por enésima vez, un incendio destruye locales del Mercado Central.
*Los comerciantes exigen respuestas más allá de las labores heroicas; critican la falta de infraestructura y la negligencia que mantienen vivo el ciclo de desastres.
Por Marcos Lorenzo
Acapulco de Juárez, Guerrero., a 16 de septiembre de 2026.- El aroma a humo quemado aún se aferra al aire sobre la avenida Constituyentes. Es un olor amargo que, para los comerciantes del Mercado Central, ha dejado de ser solo el residuo de la combustión; es el hedor constante de la vulnerabilidad estructural y la negligencia institucional.
Por la madrugada de este miércoles 16 de septiembre, las llamas volvieron a morder al corazón comercial del puerto. Cerca de cien puestos semifijos fueron arrasados por el fuego, dejando una nueva e incalculable pérdida material en un lugar que, más allá de su función económica, representa un nodo vital para la vida social y cultural de Acapulco.
Los reportes preliminares de bomberos confirmaron lo obvio: se trató de un siniestro derivado, presumiblemente, de un cortocircuito alimentado por instalaciones eléctricas deficientes o mal mantenidas. Ante la magnitud del incendio, se activó una respuesta masiva y encomiable que incluyó a Elementos de Protección Civil, Bomberos locales, el Ejército Mexicano y corporativos policiales, quienes lucharon hasta que la luz del día permitió controlar las llamas.
En ese relato de acción coordinada—el esfuerzo humano por detener lo inevitable—se pierde el foco principal: esta no es una noticia atípica; es un evento recurrente, casi cíclico. Y en esa repetición y en la cifra de los daños materiales que se reportan sin cuantificar, debemos detenernos a analizar algo mucho más profundo que las llamas: la fragilidad del tejido urbano de nuestra querida ciudad.
El Costo Humano Detrás del Reportaje
Los acapulqueños hemos visto florecer y resistir en tiempos de crisis económica, en festividades, en celebraciones culturales. Son un testimonio vivo de la resiliencia guerrerense. Sin embargo, cada incendio es como una herida que nunca cicatriza bien.

Cuando los servicios de emergencia se retiran tras sofocar las llamas, lo que queda no son solo estructuras dañadas; queda el miedo y la incertidumbre de cientos de familias cuyo sustento depende del puesto que hoy arde en cenizas. El reporte nos habla de un cortocircuito por fallas eléctricas; pero ¿quién es responsable de que esa malla eléctrica opere al límite de su capacidad? ¿Quién exige las revisiones periódicas, preventivas y exhaustivas que esta infraestructura colapsada clama desesperadamente?
Esta tragedia del Mercado Central no es solo una falla de mantenimiento eléctrico. Es la manifestación física de un modelo de desarrollo urbano incompleto e insostenible, donde el comercio popular convive con servicios vitales en condiciones de precariedad crónica.
La Urgente Pregunta: ¿Hasta cuándo el ciclo del desastre?
Un reportaje periodístico serio no debe limitarse a narrar la secuencia de hechos: "Llegó el fuego... los bomberos actuaron... se controló." Nuestro deber como periodistas, y más aún como ciudadanos con años de experiencia en este gremio, es ir más allá de la descripción. Debemos señalar el patrón.
Este mercado, y otros puntos comerciales neurálgicos de Acapulco, han sido históricamente sacrificados en un altar de la conveniencia urbana y la falta de inversión integral. El fuego actúa como el gran igualador: no distingue entre el puesto más nuevo y el que lleva cuatro generaciones operando con sus propias redes clandestinas.
Las labores de rescate son heroicas; son dignas de toda admiración para quienes las realizan, pero los actos heroicos nunca pueden sustituir la arquitectura preventiva ni una administración proactiva de riesgos.
Acapulco merece un plan maestro que no solo cuente con más camiones de bomberos cuando llegue el incendio, sino que, sobre todo, prevenga el fuego en su origen. El pueblo exige que más que una intervención inmediata y coordinada entre las autoridades municipales, la Comisión Federal de Electricidad y los organismos de protección civil para hacer un inventario forense y estructural exhaustivo.
El comerciante debe sentir que está operando dentro de un marco seguro; no solo por buenas intenciones, sino con garantías técnicas irrefutables.
Hasta que el Mercado Central deje de ser una estadística más en la crónica del desastre recurrente, seguiremos cubriendo las llamas... y la injusticia de la negligencia de las autoridades del gobierno del puerto más historico y emblematico de todo el Pacifico en el continente americano.
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