
El deceso de Gonzalo Rivas Cámara, el empleado de la gasolinera Eva que trató de sofocar el fuego de una de las bombas incendiadas por los normalistas de Ayotzinapa, el pasado 12 de diciembre en Chilpancingo, marca el conflicto en una doble vía. Porque si bien es cierto que la trifulca entre dichos manifestantes y policías arrojó un saldo de dos estudiantes muertos, a ellos se suma la sangre de un inocente que nada tenía que ver en el asunto. Pero que evitó una tragedia de mayores dimensiones en términos de vidas, a costa de arriesgar la suya. Y que hoy efectivamente, ya está muerto. ¿Quién pedirá justicia sobre su cadáver? ¿Acaso lo hará la sociedad organizada como una forma de manifestar su repudio a la impunidad que proviene en este caso, de los manifestantes normalistas convertidos en víctimas por parte de voces radicales, pero situados ya desde el inicio de este 2012 como victimarios? De ahí se desprenden algunas lecturas.
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